Qué tiempos aquellos
Por: José Javier Reyes La época de violencia desbordada, carente de límites, con una delincuencia organizada que rebasa al gobierno desorganizado, aunada a la... Qué tiempos aquellos

Por: José Javier Reyes

La época de violencia desbordada, carente de límites, con una delincuencia organizada que rebasa al gobierno desorganizado, aunada a la increíble incapacidad de algunas de las autoridades encargadas de la procuración de justicia, a la corrupción que permea las policías locales y la actitud omisa de otros tantos funcionarios, generan una extraña nostalgia morbosa: añoramos la época en que los crímenes nos sacudían, nos consternaban, nos aterrorizaban. Pero las cosas han cambiado en un sentido lamentable.

Cada fin de semana en la costa del pacífico o en la del golfo, en el bajío o en el sureste, aún en la misma capital de la república, las ejecuciones, las fosas comunes clandestinas, o casos tan extravagantes como la aparición de dos tráileres cargados de cadáveres en descomposición, nos insensibilizan y sepultan nuestros escrúpulos con un alud de estadísticas.

El 80 por ciento de los 11 mil asesinatos ocurridos durante la primera mitad del año 2018 se atribuyen a la lucha de los cárteles de la droga por territorios. Eso equivale a ¡60! ejecuciones diarias. En otra época esto nos escandalizaría. La mera repetición de noticias semana tras semana actúa como un sedante que nos adormece y nos hace ver el crimen como algo cotidiano y casi inevitable.

La narración de la corresponsal de una cadena norteamericana de los hechos de la noche del 14 de septiembre de 2018 sorprende, no por la violencia en sí, sino por la naturalidad con que los concurrentes a la plaza de Garibaldi tomaron los hechos. Cinco personas fueron asesinadas por sicarios disfrazados de mariachis. Refiere la periodista que en el sitio donde ella departía con unos amigos, tras la balacera, el cantante siguió su rutina sin chistar, con apenas un consejo: “aléjense de las ventanas porque ya saben que la curiosidad mató al gato”. Y la fiesta continuó sin ningún problema.

En el caso del tráiler abandonado con doscientos cadáveres (y de otro más que solo se conoció por referencias) llama la atención la forma displicente, irrespetuosa y lamentable en que fueron tratados los cadáveres, que no tuvieron más mortaja que bolsas negras para basura. Esa fue la triste consecuencia de que el número de homicidios en el estado de Jalisco desborde la capacidad el Servicio Médico Forense: no hay dónde colocarlos y la caja refrigerada de un camión puede servir al mismo objetivo. A manera de final feliz, el gobernador jaliciense Aristóteles Sandoval anunció que, tras despedir a funcionarios negligentes, ordenó que se construyera un magno refrigerador con capacidad para todos los muertos.

En otra época, un solo homicidio con sus horrendos detalles estremecía a la sociedad. Hoy los lectores de diarios solamente esperan conocer el número de ejecuciones del fin de semana o cuántos cadáveres aparecen en una nueva fosa común. Las muertes violentas nos rodean, nos encontramos cada vez más cerca de las acciones de los cárteles de la droga o las bandas de huachicoleros. Y entre más homicidios atroces ocurren en nuestro entorno, contradictoriamente, menos sensibles somos a sus horrores. Añoramos la época en que nos conmovía la criminalidad. Hoy sólo su altísimo número nos estremece.

Kattia Espinosa