Supongamos que hubo sobornos Supongamos que hubo sobornos
Fe de ratas   Por: José Javier Reyes   Entre las grandes tradiciones mexicanas se cuentan, junto con el Día de Muertos, la incongruencia,... Supongamos que hubo sobornos

Fe de ratas

 

Por: José Javier Reyes

 

Entre las grandes tradiciones mexicanas se cuentan, junto con el Día de Muertos, la incongruencia, la transa y el andar tapándonos unos a otros. Pongamos un caso conjetural: supongamos que un imaginario candidato a la presidencia por un hipotético partido político requiere cantidades de siete cifras ¡en dólares! para pagar su despilfarradora campaña de compra de votos y movilizaciones. Y supongamos asimismo que enfrentado a un quemadísimo candidato populista y a una candidata que jamás entendió de qué se trataba el asunto, tenía todas las de ganar, con una pequeña ayuda.

Aquí viene lo bueno, pues nos demuestra por qué la buena fama y el crédito son sinónimos: un operador político que promete ser el dirigente del imaginario monopolio paraestatal que maneja el petróleo de ese supuesto país, promete contratos millonarios a cambio del bien llamado “diezmo”: un poco de dinero a cambio del paraíso.

Hasta aquí todo bien, porque la constructora es una súper multinacional que da generosos sobornos en toda América. Pero cuando el teatrito se empieza a caer al otro lado del Ecuador, ni toda la enorme red de complicidades que protege al director de la petrolera lo puede salvar. Lo que sigue es comprensible: una cartita al fiscal encargado de las investigaciones y un amable recordatorio de que no está ahí para revelar corruptelas sino para taparlas, que es lo que ha hecho desde su nombramiento.
Como el escándalo es mundial, nuestro héroe poco puede hacer y para curarse en salud decide mediatizar el caso. Error, porque esto es lo que requerían sus perjudicados para sacarlo de la jugada.
Lo que sigue es una comedia de errores: a) el inmediato subalterno del súperfiscal lo destituye y lo suple, a la voz de “quítate tú para ponerme yo”; b) el así perjudicado reitera haber sido víctima de amenazas; c) se hace público que el único comunicado oficial entre ambos no tiene nada de “amenazante” y nuestro avergonzado exfiscal tiene que reconocer que en efecto, nunca lo amenazaron, pero acusa al medio de haber torcido su declaración “en apego a su libertad de expresión”; d) los partidos de oposición, que en más de una ocasión habían interpuesto demandas (que no llegaron a nada) ante el hoy removido, ahora se vuelven los grandes defensores de nuestro personaje.
¿Puede el segundo de abordo remover al primero? ¿Lo puede suplir? Si realmente violó el debido proceso, ¿merece el fiscal la remoción? ¿Cómo debió haberse hecho? ¿Por qué no se le permitió expresar lo que en su defensa tuviera que decir? ¿El cumplimiento de la justicia en el caso de los sobornos depende de una persona? ¿Los partidos de oposición lo restituirán en el cargo aplicando la fórmula “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”?
El también imaginario Dr. House nos dejó una frase que aplica en política o en la vida cotidiana: “nadie cambia, todos mienten”. Y éste es un ejemplo espléndido. En teoría, claro.

Redacción Con Acento KE